Jose el peruano

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José, que guiaba el vehículo, fustigó a los bueyes, que empezaron a correr por la llanura pedregosa. Fernández había sacado la cabeza para ver a los enemigos: pero estaban escondidos. No era difícil. comprender que los tiros habían partido de la colina donde, sin duda, Mulga y los dos blancos se habían escondido. 

Pero el carro se había alejado ya de aquel sitio y los tres exploradores no debían temer ya que los tiros de sus perseguidores diesen en el blanco y un asalto por sorpresa en la llanura no era posible. 

—No desisten de su propósito—dijo José—. Nos persiguen con una constancia que debía de haberse debilitado ya después de los chascos que les hemos dado. 

—¿Tendrán también intención de seguirnos en el desierto?—preguntó Fernández. 

—Lo supongo—opinó el cazador—. Pero no sé cómo podrán hacerlo. 

—Mulga conoce estas regiones y es probable que sepa el modo de acortar la distancia para llegar al Alligator. 

—¿Crees entonces que tengan la intención de esperarnos en el río para impedirnos llegar a la desembocadura antes del plazo? —preguntó José. 

—Estoy cierto de ello—repuso Lindsay pensativo—. El premio de sus fatigas será ciertamente remunerado por alguien. 

—¿Por quién? 


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