Jose el peruano

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CAPITULO XXIII

UN FANTASMA

Los tres exploradores obstruyeron la puerta con todo lo que encontraron en la choza y armados de palos esperaron a los galeotes. 

Estos no tardaron en rodear la cabaña. 

Uno de ellos, el jefe de la banda de foragidos, gritó con voz ronca:

—¡Rendíos! 

—¿Rendirnos nosotros?—respondió el coloso con voz desdeñosa—. ¿Rendirnos a galeotes evadidos? 

—Entrad, y os demostraremos a qué precio podéis comprar nuestra piel—añadió Lindsay. 

Los galeotes se lanzaron contra la puerta para destrozarla; pero ésta, reforzada más que por los obstáculos por los robustos brazos de José, resistió. 

Entonces, a pesar de las protestas del pastor que no quería ver su choza destruida, abrieron un agujero en la pared. 

Dos galeotes, los primeros que entraron, pagaron en seguida el precio de que había hablado el cazador: José y Fernández los recibieron a palos en la cabeza. 

Los dos desgraciados cayeron en tierra con el cráneo destrozado. 

Pero los otros galeotes, gente acostumbrada a todos los riesgos, no se amedrentaron e irrumpieron en la choza armados de palos y cuchillos. 


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