Jose el peruano

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En seis horas llegó la expedición a orillas del lago, el que se puede considerar como prolongación del Golfo Speneer. 

En efecto; la extremidad de éste comunica con el lago Torrens mediante una hondonada pantanosa de unos treinta, kilómetros que los separan; el dray avanzaba por esa causa fatigosamente. 

—Hemos llegado al sitio de la separación—dijo Kilder cuando al dray se hubo detenido a la sombra de un gran eucalipto y espesa vegetación. 

—Nosotros no nos separaremos hasta mañana—observó Kornalden—. Pasaremos aquí la noche acampados y aceptaremos gustosos la comida de despedida que José nos ha ofrecido. 

El día tocaba a su término. José quiso demostrar sus excelentes cualidades de cocinero y preparó una cena muy sabrosa, que fué devorada y abundantemente rociada con buen champagne. Los dos squatters, comiendo y bebiendo demostraban entrambos una alegre desenvoltura, al hablar de la expedición iniciada. 

—Nuestra fortuna está en tus manos, José—dijo Kilder. 

—Y también en manos de los dos testigos que me acompañan y que corren los mismos riesgos que yo —dijo José. 


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