Jose el peruano
Jose el peruano Cesaron los lamentos, pero poco después se oyó un crujido de arbustos tronchados como por una persona que huyese.Â
—Alguien viene hacia el dray—dijo José empuñando el revólver.Â
—¿Será algún indÃgena?—preguntó Fernández.Â
—Pronto lo sabremos, porque se oye correr hacia acá—dijo Lindsay.Â
El cazador no se equivocaba.
Algunos instantes después un negro salió de entre las malezas de hinojo marino, que crece a orillas del lago Torrens.Â
—¡Un australiano y un australiano de pura sangre, lo juro!—exclamó Lindsay—. Raza de mono, di pronto qué quieres, de otro modo te obsequiaré con una bala que perforará tus horribles tatuajes.Â
El hombre interpelado de aquel modo, se detuvo estupefacto. A los últimos rayos solares, aparecÃa repentinamente corno prototipo de aquellos indÃgenas, hoy cada vez más raros, que recorren las regiones centrales de Australia. Su rizoso cabello relucÃa mediante una grasa especial, una boca enorme, llena de blancos y afilados dientes, se abrÃa como una sima bajo una nariz prominente y ornada del noute-nouver, sobre la que brillaban dos ojos negros y se hundÃa una frente baja y bestial.Â