Jose el peruano

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—Como buen australiano, está siempre hambriento: engulliría de buen grado estos restos de carne—observó Lindsay. 

—Que lo haga—dijo Kornalden, sobre cuyos labios había aparecido nuevamente una imperceptible sonrisa. 

A una señal de José el australiano recogió las sobras de la cena y se puso a devorarlas con un gruñido de placer. 

—¿Dónde está tu tribu?—preguntó Lindsay. 

—Al pie del monte Dawemport—repuso el negro.

Mientras el australiano hacia desaparecer rápidamente todo lo que había comestible sobre la hierba, José, Fernández y Lindsay conferenciaban. 

—Necesitamos un guía y un drayman—dijo Lindsay—. Como ya les he dicho, más allá de Gooper-Kreep no sé dar un paso... 

—Tenemos dos cartas geográficas—dijo José. 

—Las de Australia central son las más inexactas que hay en el mundo—dijo Lindsay—. Burke estuvo a punto de morir de sed por su causa... 

—El amigo Lindsay tiene razón—dijo Fernández. También he oido decir lo mismo. 

—Los australianos tienen un sentido maravilloso para orientarse—observó Lindsay—y si bien se piensa, son los mejores guías, en estos horribles y fantásticos países. 


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