Jose el peruano
Jose el peruano COSTEANDO EL LAGO TORRENS
Al rayar el alba, la pequeña expedición estaba pronta para iniciar el viaje.Â
Los bueyes, bien alimen-tados, habÃan sido uncidos nuevamente por parejas al pesado dray. El australiano Mulga, haciendo de dryeman, habÃa agarrado la larga tralla pronto para excitar con ella a los robustos animales a hacer el no pequeño esfuerzo de arrastrar el pesado carro sobre el desigual terreno que lindaba con el lago Torrens.Â
José y Fernández, uno a cada lado del caballo sobre el que habÃa montado Kilder, le recomendaban que velase por Marinca.Â
—No sintáis inquietud alguna por ella—dijo el squatter,—la resguardaré contra cualquier insidia... —Cierto es que mi rival no la perseguirá más—dijo José,—pero pudiera ser que algún amigo de Mernal quisiera vengarlo...Â
—Que no te oigan, José—murmuró Kilder mirando a su alrededor.Â
Pero nadie podÃa oÃrlos. Kornalden, también a caballo, se hallaba como a unos treinta pasos de ellos y hablaba con el cazador Lindsay.
—Será mejor que la triste aventura del jardÃn quede entre nosotros—aconsejó Kilder.Â