Jose el peruano
Jose el peruano Ante la formidable presión del peruano, la bestia dió un ronco lamento: sentía que le faltaba la respiración. José continuó apretando hasta que sintió crujir de huesos y triturarse el esqueleto. El canguro inclinó la cabecita que parecía la de una gacela: de la boca, que parecía reír macabramente, salió una espuma sanguinolenta.
El coloso aflojó los brazos. El marsupial cayó pesadamente de lado sobre la hierba haciendo un movimiento repentino y agitando la cola por última vez: después quedó inmóvil.
Había muerto. José lo cargó sobre sus espaldas, juzgando que el canguro debía pesar lo menos sus cien kilos, y volviendo sobre sus pasos, se dirigió hacia el dray mientras Fernández y Lindsay buscaban en vano a la hembra.
—¡El asado, amigos—gritó tirando al suelo la presa—, dejad que la hembra críe los pequeñuelos para otros exploradores!
Los dos "testigos" y el drayman llegaron corriendo y al ver al gran marsupial dieron un grito de placer.
—iHasta sopa de cola de canguro!—exclamó Lindsay, en tanto que Mulga se frotaba con avidez grotesca el grueso vientre—pero, ¿cómo es qué no hemos oído el tiro?
—Porque no he disparado—respondió José—, lo he triturado con las manos.