Jose el peruano
Jose el peruano —Voy a ver qué hace Mulga y a hacerlo que se apure—gritó.Â
—Haces bien—exclamó Lindsay—, tengo un discreto apetito y el asado de casuar no me desagrada, aunque prefiera el de canguro.Â
Fernández echó a correr hacia los eucaliptos:  dejó atrás el casuar que yacÃa sobre la hierba, y se internó en el bosque.Â
En tanto José y el cazador estaban calculando cuantos kilómetros podrÃan hacer al dÃa siguiente atravesando la llanura pantanosa que se halla entre el Warriner y el Douglas.Â
—Si las ruedas del dray y los bueyes no se hunden mucho, es decir, si encontramos el pantano casi seco, en dos dÃas podremos atravesarlo, de otro modo puede costarnos cuatro o seis.Â
—El calor empieza a hacerse sofocante—observó José—y temo que después de algunos dÃas se haga insoportable.Â
—Lo podremos soportar... pero será hacia noviembre que... hará fresco.
—Afortunadamente desde hoy hasta esa fecha tendremos tiempo para habituarnos.
—Si no nos sucede como a otros exploradores...Â
—¿O sea?Â