Jose el peruano
Jose el peruano —A menos que Kornalden no se haya ilusionado suponiendo que yo, por mi propia iniciativa, y por conseguir después mi parte en los beneficios, no eche a rodar el buen éxito de la expedición. Pero tú, José, no me crees capaz de esto, ¿verdad?Â
—No—repuso el coloso—; si te creyese capaz...Â
—¿Qué harÃas entonces?Â
—Lo que harÃas tú en mi caso: te castigarÃa.Â
—Y tendrÃas razón—afirmó Lindsay.Â
Mientras los dos compañeros hablaban en voz baja para que no les oyese Mulga porque los dos sospechaban del australiano, les pareció sentir en lontananza, un grito humano.
—¿Has oÃdo, José?Â
—SÃ... un grito como pidiendo auxilio—respondió el coloso levantándose.
—¡Debe venir de muy lejos... silencio!... Esperemos... parece que se repite...Â
—Si... alguien que va a morir. o que se encuentra en terrible situación—dijo José aguzando ansiosamente el oÃdo.Â
Pero el grito no volvió a repetirse. No se oÃan más que los rumores nocturnos del bosque australiano: los chillidos de los pájaros, aullidos lejanos de los dingos hambrientos, crujir de ramas secas, pisoteadas por los ornitoringos.Â