La capitana del Yucatan

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Un hombre de estatura casi gigantesca, de formas hercúleas, con una larga barba algo agrisada, que se encontraba a dos pasos del costado de popa, inmóvil junto a la rueda del timón, dentro de una especie de torreta de acero que debía defender aquel importante punto, se adelantó, diciendo:

—¿Qué deseáis, capitana?

—Que nadie de a bordo se mueva y que las máquinas permanezcan bajo presión. Nuestra ausencia será breve.

—Está bien, capitana. ¡Nadie se moverá!

—Vamos, doña Dolores —dijo Córdoba.

Aquella que hemos oído llamar la «capitana» y su compañero dejaron la nave, que se encontraba fondeada junto al pequeño espigón, y descendieron a tierra.

La oscuridad era muy profunda, ya que la noche era muy húmeda y llena de niebla.

Los pocos faroles que iluminaban el rompeolas apenas se percibían y su luz se mostraba como sofocada entre aquella atmósfera saturada de agua.


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