La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan El señor Córdoba y su compañera, sin embargo, a pesar de la oscuridad, no dudaron ni un instante al tomar su dirección. Conocían ya perfectamente el pequeño puerto de Sisal, una especie de bahía perdida en la arenosa costa del Yucatán septentrional, poco frecuentada durante la estación de las lluvias a causa de sus aires insalubres, que desarrollan, con demasiada frecuencia, el temido vómito prieto, o sea la fiebre amarilla.
A pesar de servir de puerto a Mérida, la antigua capital del Yucatán a la cual está unido por una cómoda carretera, incluso hoy no cuenta más que con unos cientos de habitantes, la mayor parte indios o mestizos, que se dedican a la pesca o al pequeño cabotaje, traficando con Campeche, donde van a cargar el palo campeche, y con Puerto Lagartos.
El señor Córdoba y su compañera recorrieron todo el rompeolas, parándose con frecuencia para ver si alguien les seguía, y llegados junto al pequeño farol que indicaba la entrada de la bahía, descendieron a la playa. Al llegar allí contemplaron una especie de ensenada natural donde se veían ancladas algunas chalupas y un par de pequeñas goletas.
—¡Canarios! —exclamó Córdoba, que había precedido a su compañera—. ¡La chalupa a vapor del cónsul americano ha desaparecido!
—¡Así no te habías engañado!
—No, doña Dolores.