La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Mira si se ve algo allá afuera.
—Es inútil; habrá apagado las luces.
—Entonces hemos sido traicionados.
—Eso debe de ser.
—Con todo, es preciso zarpar, o mañana el cónsul americano hará sus advertencias al gobierno mexicano, apoyándolas con los cañones del «Terror». ¿Es asÃ, Córdoba?
—SÃ, marquesa.
—¡Bribones!
—¿Qué decidÃs?
—Suceda lo que Dios quiera, nosotros zarparemos igualmente, amigo mÃo. Si debemos morir, desafiaremos el fuego del «Terror» con la sonrisa en los labios, agrupados en torno a la gloriosa bandera de la vieja España.
—¡SÃ, doña Dolores! —exclamó el lobo de mar, con furia—. ¡Es hermoso morir por la patria!
—Vamos, Córdoba; mostraremos a los odiados yanquis de lo que son capaces las mujeres de España, y que la marquesa del Castillo no ha temblado nunca.
—Nosotros somos todos prometidos de la muerte, vayamos a desafiarla.