La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Volvieron a subir ambos al pretil; rehicieron rápidamente el camino recorrido y regresaron a bordo de la nave, cuyas calderas habÃan alcanzado la máxima presión y mugÃan sordamente, haciendo temblar la toldilla y los costados.
—¿Nada nuevo? —preguntó la capitana al maestro Colón, que no habÃa abandonado su puerto.
—Nada, señora.
—Retirad los cables.
Ante aquella orden, viéronse agitarse algunas sombras, en silencio, a proa y a popa, y se oyeron después en el agua los sordos golpes producidos por los cabos que iban siendo desatados de las argollas de amarre del rompeolas.
—¿Preparados? —preguntó la capitana.
—Estamos todos a bordo —respondió Córdoba que vigilaba la operación.
—Avante, a seis nudos.
—¿Bordearemos la costa?
—SÃ, Córdoba.
—Están los arrecifes, doña Dolores.
—Sé donde están; no temas.
—¿Gobernaréis vos?
—SÃ, yo; mi «Yucatán» conoce mejor a su dueña que a sus marineros. ¡Máquina avante!