La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Bajo la popa del barco se oyó una violenta ebullición producida por las dos hélices; a continuación la nave giró sobre sí misma describiendo una media vuelta, alejándose luego del rompeolas hendiendo el agua y la húmeda niebla que gravitaba sobre la costa como un fúnebre sudario.
Aquel barco misterioso que salía del pequeño puerto de Sisal, cuando sus habitantes dormían profundamente, y que tomaba tantas precauciones para no llamarla atención, tenía algo de fantástico.
A proa, acurrucados tras una ligera balaustrada de hierro que servía de borda, se veían, confundidos entre las tinieblas, dos filas de hombres armados de fusiles, como en acecho, mientras otro grupo estaba quieto alrededor de una pequeña torre de acero, de la que se veía salir la extremidad de una pieza de artillería que parecía amenazar, con su negro gaznate, el espacio que se abría ante la nave.
Hacia popa otros hombres estaban agrupados en tomo a dos cañones revólver, dos Hotchkiss, armas formidables cuyos extremos, vueltos uno a babor y otro a estribor, parecían espiar el espejo del agua, dispuestos a vomitar sus terribles mensajes de muerte. En la torreta de popa estaba la capitana, con ambas manos aferradas a la rueda del timón y los ojos fijos en la brújula cuyo cuadrante estaba iluminado por debajo.