La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan TenÃa una hermosa cabeza, adornada por una cabellera abundante, de un matiz negrÃsimo y ondulada como la de las gitanas españolas, que le caÃa caprichosamente sobre los hombros; su piel tenÃa una palidez sin reflejos, de un tono extraño, que sólo se encuentra entre las criollas de las Grandes Artillas, y con un ligero toque rosado en las mejillas que bacÃa pensar en los colores de la aurora; ojos de un negro perfecto, centelleantes como dos carbunclos, cuando se alzaban las largas y sedosas pestañas, y los labios rojos como una granada, que dejaban ver unos dientes de niña, de un esplendor de ópalo.
En aquella mujer, por el tono del cabello y por la expresión del rostro, se adivinaba la perfecta raza andaluza, cundida con la sangre vigorosa y ardiente de los gitanos y de los árabes.
La nave, entretanto, continuaba su ruta misteriosa, navegando a trescientas brazas de la costa del Yucatán, cuya masa se veÃa sobresalir confusamente hacia babor. Un silencio completo reinaba a bordo; ninguno de aquellos hombres cambiaba una sola palabra.
Solamente las máquinas, que debÃan de ser potentes, roncaban sonoramente, confundiéndose con los golpes repetidos y febriles de los ejes motores de las dos hélices, trepidantes bajo la popa.