La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan La velocidad del barco iba aumentando gradualmente y tendÃa siempre a crecer. Salido del puerto a poco vapor, ahora marcaba valientemente sus quince nudos, remontando la costa en dirección a Puerto Lagartos para alcanzar más tarde el cabo Catoche, que marca el extremo de aquella gran penÃnsula de América central.
El agudo espolón, cortado en ángulo recto, hendÃa las negras aguas casi sin un rumor, como si navegase por un mar de betún, zambulléndose en aquella atmósfera saturada de humedad creciente.
Ya el «Yucatán», que este era el nombre del barco, habÃa superado victoriosamente la lÃnea de rompientes y se disponÃa a virar hacia alta mar, cuando se oyó la voz de la capitana ordenar precipitadamente:
—¡Marcha atrás!
La velocidad se redujo casi de golpe, mientras las hélices giraban furiosamente en sentido inverso, mordiendo las aguas.
—¿Qué pasa, doña Dolores? —preguntó Córdoba, saliendo de la oscuridad y compareciendo a popa.
—Mira allÃ.
—¿Hacia la costa?
—SÃ, Córdoba.
—¿Una luz?
—Una fogata que arde sobre aquella roca.