La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan UN ENCUENTRO INESPERADO
La carrera del lobo de mar a través de los innumerables vegetales que entorpecían su marcha duró una media hora, y cesó bruscamente al pie de un enorme cedro que elevaba su cima a sesenta metros del suelo.
Esta imprevista parada no era motivada por un mal encuentro ni por un desfallecimiento de sus fuerzas, sino por una viva inquietud que se había apoderado del hombre de mar.
Ahora no reconocía los lugares que momentos antes había recorrido para seguir al cubano.
En su marcha había corrido sin dirección fija, creyendo que podría volver fácilmente al campo, y ahora se daba cuenta de haberse perdido en medio de aquel caos de vegetales.
El terreno pantanoso había desaparecido y se encontraba entonces en una hondonada y, para su desgracia, cubierta por una vegetación extraordinariamente espesa, tanto que no podía ni siquiera verse el sol.
—¡Por cien mil tiburones! —exclamó Córdoba, enjugándose el sudor que inundaba su rostro—. He corrido como un aturdido, sin pensar que es más fácil orientarse en pleno mar, incluso sin brújula, que en un bosque. ¡Es una imprudencia que puedo pagar cara! ¡Y no tengo ni la más pequeña brújula! ¡Cuidado, amigo Córdoba, abre bien los ojos; corres el peligro de pasar la noche al sereno!