La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Miró hacia arriba intentando observar la posición del sol, pero sin resultado, ya que la vegetación era tan densa que no lo permitía. Miró a su alrededor esperando reconocer entre aquellos colosos vegetales, algún grupo ya visto durante su marcha hacia el pantano, y entonces se dio cuenta de que las plantas eran todas de otra especie. No veía más que cedros silvestres altísimos y muy corpulentos, entremezclados con unos bananos marchitos y sin fruto, y con otras feraces plantas tropicales.
—Este bosque no es el de antes —murmuró Córdoba, cuya inquietud aumentaba—. ¿Dónde he ido a meterme? ¡Sólo faltaba esta desgracia, después de la mala nueva que he descubierto! ¡Haré señales…!
Se quitó el fusil del hombro y apuntó al aire. Estaba a punto de disparar cuando un súbito pensamiento lo detuvo.
—Qué barbaridad iba a cometer —dijo, bajando el arma y poniéndosela en bandolera—. Ya había olvidado a los hombres que he visto… Si oyen mis disparos pueden volver, cayéndome encima y haciéndome prisionero. Son rebeldes y quizá de los más decididos, y estarían muy contentos de poder capturar al segundo comandante del «Yucatán». Amigo Córdoba, prepara las piernas y adelante a toda vela.