La capitana del Yucatan

La capitana del Yucatan

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El soldado, que debía haber buscado refugio en aquel fortín otras veces, saltó sobre los restos que se habían acumulado ante una puerta y condujo a sus compañeros a la mejor de las cuatro casamatas, que comunicaba, por una estrecha abertura, con la base de la torre.

Se encontraron en un cuartucho repleto de escombros y zarzas, donde se veía, en un ángulo, delante de una aspillera, una vieja cureña de artillería privada de su pieza.

Apenas habían entrado cuando, a la luz de las ramas resinosas, divisaron bandas de gruesas ratas que huían en todas direcciones, lanzando agudos chillidos.

—¡Oh…! —exclamó la marquesa, que no pudo contener un gesto de repugnancia.

—¿Os asombráis, doña Dolores? —preguntó Córdoba, riendo—. ¿No sabéis pues que las Grandes Antillas y también las Pequeñas no son más que inmensas ratoneras?

—¿Es que aquí se respeta a los ratones?

—Menos que en cualquier sitio, ya que se les persigue ferozmente; pero son tantos, que no se logrará nunca exterminarlos.

—Una verdadera calamidad para las plantaciones —dijo la marquesa que se había acomodado sobre el resto del cañón, mientras los marineros, después de plantar las teas entre los escombros, volvían al exterior para recoger hojas con que improvisar lechos.


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