La capitana del Yucatan

La capitana del Yucatan

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LA TRAICIÓN DEL CUBANO

Córdoba y la marquesa, presos de viva ansiedad, permanecían junto a la reja con los oídos atentos, temiendo oír un grito de alarma o algún disparo que anunciara la muerte o la captura del intrépido marinero.

Transcurrieron cinco minutos largos como cinco horas, pero entre los silbidos del viento, el gemir de las ramas y el crujido de las gigantescas hojas de los bananos y de las palmeras reales, no oyeron ningún disparo.

Seguramente el marinero, deslizándose de un matorral a otro, había logrado ocultarse a la vista de los rebeldes y escaparse felizmente, protegido por la oscuridad y los numerosos árboles.

—Esperemos —dijo la marquesa, respirando a pleno pulmón.

—Ahora no temo nada —respondió Córdoba.

—Con tal de que no haya caído en una emboscada.

—Álvaro es un hombre incapaz de dejarse atrapar por sorpresa sin oponer una desesperada resistencia. Cuando salió llevaba el revólver en la mano y si fuese rodeado, no dudaría en servirse de él. ¿Habéis oído algún disparo?

—No, Córdoba.

—Entonces nuestro valiente ha pasado a través de las filas de los rebeldes y en estos instantes galopa a través del bosque.

—¡Calla!


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