La capitana del Yucatan

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Córdoba reemprendió la marcha sin ocuparse de volver a encender la cuerda alquitranada, pero pocos pasos después retrocedió rápidamente, chocando con la marquesa y el soldado que venían detrás de él.

—¡Córdoba…! —exclamó la capitana, apoyándose en la pared—. ¿Qué pasa?

—¡Mil tiburones! —exclamó el lobo de mar—. ¿Qué diablos he pisado…?

En aquel instante se oyó un silbido agudísimo, seguido poco después de un golpe seco que parecía producido por la rotura de una rampa o por el choque sólido contra la pared rocosa de la galería.

—¡Caramba! —gritó el teniente, palideciendo—. ¡Hay una serpiente aquí delante!

—Sí, sí —confirmó el soldado, que se había puesto resueltamente ante doña Dolores para protegerla mejor.

—Enciende la cuerda, Córdoba —dijo la marquesa.

—Ya lo estoy haciendo.

—¿Será algún reptil peligroso?

—Ahora lo veremos, doña Dolores.

—¿Tienes cargado el fusil?

—No seré tan imprudente de usarlo.

—Es verdad; la detonación podría atraer la atención de los rebeldes.


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