La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan EL ATAQUE DE LOS NEGROS
Córdoba se había levantado precipitadamente de los sacos que le habían servido de lecho y se asomaba a la puerta del batey, aunque escondiéndose prudentemente tras una enorme caldera volcada, para no recibir una descarga.
Una docena de negros casi desnudos, pues no llevaban más que unos calzones y un destrozado sombrero de hojas de palma, algunos armados de trabucos y otros de machetes, avanzaban a través de los surcos de la plantación, gesticulando como micos y aullando como endemoniados.
No podía dudarse de su dirección; se dirigían hacia el batey con la intención de descubrir al español y capturarlo.
—¿Serán los mismos negros que vigilaban frente a la galería? —se preguntó Córdoba, con inquietud—. Los dos valentones que hicimos huir pueden haberse dado cuenta de que éramos espíritus de carne y hueso y haber seguido nuestras huellas.
—Señor —dijo en aquel instante el español, que se le había puesto al lado—. ¿No conocéis por casualidad a los dos negros armados de monstruosos trabucos?
—Parece que son…
—Manco y su compañero, señor teniente.