La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —¡Ah…! ¡Esos bribones…! Estarán furiosos por el susto que les hemos dado.
—Y decididos seguramente a vengarse.
—¡Estamos en un buen lÃo, amigo Quiroga!
—Afortunadamente no son suficientes para dar miedo, señor.
—No, si no temiese una cosa.
—¿Cuál?
—Que precedan a una banda de criollos.
—Hasta ahora no se han visto.
—Pueden estar todavÃa en el bosque.
—¿Qué hacemos?
—Apuntad vos a Manco y yo me encargo del viejo.
—¿Y después?
—Nos escapamos a todo correr y nos meternos en el bosque, para evitar el peligro de un nuevo asedio. Cuidaos de los trabucazos de los escopeteros.
—No temáis; estoy bien cubierto.
Los negros continuaban acercándose dando gritos y saltando alegremente, como si estuvieran ya seguros de tener en su poder a los dos fugitivos, y por hacer algo, empezaron a hacer tronar sus trabucos, no obstante estar tan lejos todavÃa que no habÃa la más mÃnima esperanza de que los proyectiles pudieran llegar hasta el batey.