La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Manco y su compadre, delante de todos, hacÃan alardes de valor, de palabra, amenazando volar todo el edificio a trabucazos y jurando que convertirÃan en polvo a los fugitivos si no se rendÃan inmediatamente Sin embargo, al llegar a unos cien pasos del batey, desapareció toda su valentÃa y se retrasaron prudentemente, dejando que los otros fueran delante.
—¡Los gandules! —murmuró Córdoba—. SerÃa mejor no herirles para ver a estos héroes huir a todo escape con sus trabucos. ¡Quiroga!
—¿Señor…?
—Perdonemos a estos pobres diablos.
—Si nos tuvieran en sus manos ellos no nos perdonarÃan, sino que os aseguro que se apresurarÃan a colgarnos por los pies del árbol más próximo, para asarnos vivos o deso-liarnos como corderos de un buen machetazo. Conozco la crueldad de estos bandidos.
—Entonces mandemos un par al otro mundo o limitémonos a ponerlos fuera de combate.
Los negros se habÃan parado para cargar sus trabucos, antes de aproximarse al batey.
Córdoba y el español apuntaron sus fusiles e hicieron fuego casi al unÃsono.