La capitana del Yucatan

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El valiente Manco y su viejo compadre, aunque prudentemente se mantenían detrás de sus compañeros, cayeron aullando desesperadamente como si estuvieran ya moribundos, al tiempo que se desplomaba uno de los primeros, sin soltar un gemido.

Los otros, espantados por la doble descarga, huyeron alocadamente a través de los surcos de la plantación, sin disparar sus trabucos, y se escondieron en el bosque.

—¡Qué piernas! —exclamó Córdoba, riendo—. ¡Vaya…! ¿Qué hacen Manco y el viejo? Gritan como ocas cuando estoy seguro de no haber tocado ninguno de los dos.

—Pues mi hombre ha caído y no creo que se levante nunca más —dijo el español—. Los insurrectos no nos perdonan a los españoles cuando caemos en sus manos y yo no ahorro un tiro cuando puedo.

—¡Oh! ¡Vaya pillos!

Esta exclamación se le había escapado a Córdoba viendo a los dos valerosos negros arrastrarse a lo largo de los surcos para alejarse disimuladamente. Ni uno ni otro parecían heridos; ante el temor de sufrir una segunda des carga se habían dejado caer en el suelo, fingiéndose morí bandos.

—¡Que el diablo os lleve, holgazanes! —exclamó el lobo de mar—. Eh, amigo Quiroga, escapémonos antes de que les lleguen refuerzos.


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