La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Atravesaron el batey y salieron por el otro lado ocultándose entre algunas hileras de cañas que habían escapado al incendio.
Un cuarto de hora después estaban entre las palmeras, los caobos, los cedros, los bananos, los mangos y los tamarindos del bosque, sin que los negros se hubieran atrevido a seguirles y quizá sin haberles visto.
Queriendo poner entre ellos y los rebeldes el mayor espacio posible, se detuvieron solo un minuto para apagar la sed en un pequeño torrente y reemprendieron después la marcha internándose en el bosque procurando llevar una dirección fija, o sea dirigiéndose hacia el sudeste con intención de llegar al campamento del capitán Pardo.
Su rápida marcha duró cuatro horas, hasta que desfallecidos por el calor, el cansancio y el hambre se detuvieron en las orillas de una laguna, sobre cuyas aguas se veían volar miles de agachadizas y de grullas.
—¡Uf…! ¡No puedo más…! —exclamó el lobo de mar, dejándose caer sobre una raíz que serpenteaba por el suelo como un reptil gigantesco—. Si no encontramos alguna cosa para masticar, yo no doy un paso más.