La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —No veo más que un caimán que sestea allà abajo, en aquel banco de cieno —dijo el español—. Los negros no se hacen rogar para comer la cola de estos anfibios, pero dudo mucho que vos podáis vencer la repugnancia que inspiran estas feas bestias.
—Decid mejor el perfume diabĂłlico que les impregna y que no podrĂa tolerar. ¡Puah…! ¡Una carne que hiede a almizcle a un kilĂłmetro de distancia! ¡Se necesita tener el estĂłmago de un negro para tragársela!
—Es cierto, señor.
—Busquemos algĂşn jabalĂ; creo que son numerosos en las marismas.
—Los insurrectos, obligados a vivir sólo de caza, los han exterminado. ¡Ah…!
—¿Qué os pasa…?
—Creo que estáis de suerte.
—¿Habéis visto algún buen bocado?
—Veo agitarse aquellos matorrales.
—La caza debe esconderse allĂ.
—Lo sospecho.
—Esperemos que no sean insurrectos emboscados.
—No; ¡escuchad…!
—¡Gruñidos! ¡Son jabalĂes!
—Estemos en guardia; estos animales tienen colmillos de acero y no temen al hombre.