La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Lo sé, pero no es el momento de dudar. Escondámonos tras estos cedros y preparémonos para hacer una buena descarga.
El lobo de mar y su compañero, sabiendo que no se podÃa jugar con estos animales, se ocultaron en un pequeño espacio cerrado entre cuatro enormes cedros que podÃan, en el caso de un ataque, servir de barrera, y esperaron que la presa se mostrara.
Los gruñidos iban en aumento y las ramas de los matorrales se agitaban en todas direcciones. ParecÃa que habÃa una manada numerosa buscando las suculentas raÃces que son el principal alimento de estos irascibles y deliciosos animales.
—¡Hum…! —murmuró Córdoba—. Vamos a pasar un rato peligroso.
—¡Mirad! —dijo el español—. Salen de las matas.
Unos cuantos jabalÃes, por lo menos quince o veinte, guiados por un viejo macho cuyos colmillos se habÃan vuelto grises, aparecieron dirigiéndose lentamente hacia las orillas de la laguna.
Todos eran de gran tamaño, armados de largos colmillos, que golpeaban uno contra otro, produciendo un rumor amenazador y que sonaba poco agradablemente en los oÃdos de los dos cazadores.