La capitana del Yucatan

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—Esperad a que alguno se separe —dijo el español, bajando rápidamente el Fusil de Córdoba—. Si hacemos fuego en este momento, los tendremos a todos encima y nos destrozarán.

—Esperemos —respondió Córdoba—. Aunque es muy duro, teniendo un hambre de antropófago, ver tantos jamones deliciosos sin poderlos probar.

—Nos va la piel en ello, señor.

Los jabalíes, después de haber bebido, empezaron a extenderse a lo largo de la orilla. Algunos se habían metido en el fango arrancando las cañas pantanosas para comer las raíces, mientras otros se habían vuelto a meter entre los matorrales.

El viejo macho, en cambio, permanecía sobre la ribera como si estuviera de centinela.

Córdoba y el español esperaron un cuarto de hora; después, cuando vieron que la manada estaba ya bastante dispersa, levantaron el fusil apuntando al viejo jabalí. Estaban ya a punto de disparar, cuando lo vieron alzarse bruscamente soltando un gruñido más fuerte de lo usual, erizar las cerdas, agitando desordenadamente sus largas orejas, y lanzarse hacia una meta cercana.

—¿Nos habrá descubierto? —preguntó Córdoba, levantándose.

—No —respondió el español, imitándolo—. No se dirige contra nosotros. ¡Eh…! ¿Oís…?


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