La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Yo, mi teniente. Debéis perdonarme por no haber llegado antes a bordo del «Yucatán»; me he perdido un montón de veces en este maldito bosque.
—Eres un valiente, querido amigo, y tendrás una buena recompensa. Estoy muy contento de encontrarte aquÃ; temÃa que los rebeldes te hubieran apresado o fusilado.
—Me he escapado por milagro, teniente. Pero… ¿y la capitana? No la veo con vos.
—¡Está en menos de los insurrectos! —gritó Córdoba, en un estallido de ira.
—¡La capitana en manos de esos perros…! —exclamaron los marineros, con asombro.
—¡Caray! —exclamó el contramaestre—. Iremos a libertarla, teniente, si nos dais permiso. Estamos decididos.
—SÃ, iremos, pero no ahora —repuso Córdoba—. Ella no se encuentra ya en el bosque.
—¿Dónde, pues?
—En el cayo de San Felipe.
—¡Vamos a San Felipe, teniente! —gritaron los marineros al unÃsono.
—Iremos, mis valientes, no lo dudéis. La marquesa del Castillo no permanecerá seguramente largo tiempo en las manos de los insurrectos de Pardo. ¿Dónde está el «Yucatán»?