La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan En la proa iba derecho un hombre que Córdoba reconoció en el acto.
—¡Colón! —exclamó.
—En persona, mi teniente —respondió el maestro saltando entre los manglares—. ¿Y la marquesa?
—Silencio ahora; ¡abordo!
Se colocó en la chalupa junto a los dos españoles y a los demás marineros y en pocas remadas se hizo conducir al «Yucatán», donde toda la tripulación le esperaba en la cubierta, presos de viva ansiedad por no haber visto a la capitana.
—Hablad, os lo ruego, señor Córdoba —dijo maestro Colón, que parecÃa angustiado—. ¿Qué le ha pasado a la señora marquesa?
—Está prisionera de los insurrectos, pero dentro de poco partiremos e iremos a libertarla. Que se enciendan los fuegos y que los hombres estén bajo las armas.
—¿A dónde vamos? —preguntaron los marineros, amontonándose a su alrededor.
—Hacia el cayo de San Felipe. La capitana está allÃ, prisionera de los insurrectos.
Un estallido de rabia siguió a sus palabras.
—¡Prisionera!
—¡En manos de esos bribones!
—¡Iremos a destrozarlos!
—¡La salvaremos, aunque debamos hacer volar todos los cayos!