La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan El señor del Monte estaba sentado sobre esta silla, aprisionado por una sólida cadena que no le permitía hacer ningún movimiento. Volvía la espalda a la puerta y miraba la bahía a través del pequeño ojo de buey, tan estrecho que difícilmente hubiera dejado pasar un gato.
Oyendo abrirse la puerta se volvió y al ver a Córdoba no pudo contener un gesto de asombro, mientras su rostro manifestaba un terror que no podía ocultar ni dominar.
—¿Me conoces, canalla? —aulló Córdoba, acercándose al cubano con los puños cerrados.
—¿Vos, señor? —exclamó del Monte, afectando una cierta calma e intentando sonreír, aunque sin lograrlo—. Estoy muy contento de veros aquí; al menos haréis entender a estos furiosos marineros que yo soy un hombre honrado.
—¡Ah…! ¡Qué insolente! —gritó Córdoba, amenazándole con los puños—. ¿Tú, un hombre honrado…?
—¿Tenéis alguna queja de mí? —preguntó el cubano, que intentaba disimular.
—¡Miserable! ¡Te voy a colgar del pico de la cangreja!
—¿Estáis bromeando, señor Córdoba?