La capitana del Yucatan

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La marquesa no respondió. Miraba fijamente al astuto Córdoba como para leer en sus ojos la respuesta que debía dar.

—Y bien, ¿qué decidís, señora? —preguntó el teniente, inclinando ligeramente la cabeza, en señal afirmativa.

—Pienso, …señor, que más resistencia por mi parte sería absolutamente inútil —respondió la marquesa—. Lo he intentado todo para llevar la empresa a buen fin; si la fortuna me ha sido contraria, debo resignarme y ceder.

—¿Entregaréis el cargamento…? —exclamaron Córdoba y Guaymo, uno con alegría fingida y el otro con verdadero entusiasmo.

—Lo entregaré, señores.

—Entonces, señora marquesa, mañana os embarcaremos para Cuba, y pasado mañana seréis libre.

—¿Con mis compañeros?

—Es imposible; mi chalupa no puede llevar una carga excesiva.

—Puedo proporcionaros una mayor —dijo Guaymo.

—Pensad, querido amigo, que nosotros somos solamente cinco.

—Emplead a los prisioneros, excluyendo la marquesa. ¿Pensáis partir mañana?

—Al amanecer.

—Así, pues, hoy seréis mi huésped.


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