La capitana del Yucatan

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El jefe insurrecto de San Felipe, que no tenía la menor sospecha sobre Córdoba, se esforzó por hacerle pasar lo mejor posible la tarde. Lo condujo en primer lugar al puerto, donde fue elegida la chalupa que debía servir para el transporte de sus prisioneros, una sólida barca de diez toneladas aparejada en cutter que podía resistir incluso la mar gruesa; luego le enseñó los almacenes de las armas, las piezas de artillería que debían ser transportadas a Cuba en cuanto disminuyera la vigilancia de las cañoneras españolas y, finalmente, lo acompañó a beber unas copas o una taza de excelente chocolate con algunos plantadores de la isla.

Durante aquellos paseos, Córdoba había tenido ocasión de acercarse varias veces al español cambiando con él algunas rápidas palabras.

Eran instrucciones de mucha importancia, concernientes a un audaz proyecto, que él debía transmitir también a los dos marineros para que todos estuviesen preparados en el momento oportuno.

Acababa la tarde y después de la cena, el jefe rebelde, Córdoba y sus compañeros se dirigieron a buscar a la marquesa, no considerándola ya una prisionera.


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