La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan La casita destinada a los prisioneros se encontraba en un extremo del campamento atrincherado, detrás de los cobertizos que servÃan de almacén para las armas. Era una pequeña construcción de dos pisos hecha de ladrillo y madera con una barandilla alrededor cubierta de esteras de coco. No habÃa más que cuatro habitaciones; dos para la marquesa y las otras para el capitán Carrill y los cuatro marineros del «Yucatán». Dos centinelas vigilaban dÃa y noche frente a la única salida, precaución indispensable, a pesar de que estaban cerrados bajo llave y las ventanas habÃan sido condenadas con robustas traviesas de madera.
Doña Dolores recibió al jefe de los insurrectos y a sus amigos con cortés solicitud, fingiendo gran contento por su visita. Por una muchacha mulata, puesta a su disposición por Guaymo para vigilarla también, hizo traer café y lo ofreció a sus visitantes, diciendo con amable jovialidad:
—Lo he preparado yo; espejo que haréis honor a lo que os puede ofrecer una pobre prisionera.
—No lo habéis sido nunca de hecho, marquesa —respondió el cabecilla de los insurgentes de San Felipe—. No podéis quejaros de excesivo rigor por mi parte.
—Es verdad, señor, y os estoy reconocida.
—No me lo agradezcáis a mÃ; yo no he hecho más que obedecerlas órdenes recibidas del capitán Pardo.