La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan El pobre hombre, aturdido y semiinconsciente, estaba sujeto por los marineros.
—Ya está hecho, teniente —dijeron los dos robustos muchachos.
La marquesa se puso en pie de un salto, exclamando:
—¡No lo matéis!
—No es necesario, doña Dolores —repuso Córdoba—. Lo amordazaremos y lo ataremos muy bien. Nos basta con que hasta mañana al amanecer no nos dé molestias.
—¡Que audacia la tuya, mi valiente Córdoba! —exclamó la marquesa—. ¿Y mi «Yucatán»?
—Está aquÃ.
—¿AquÃ…? ¡Mi «Yucatán» aquÃ…!
—Dentro de dos horas estaréis a bordo, doña Dolores.
Después, viendo que la marquesa abrÃa la boca para acribillarlo a preguntas, le dijo:
—Más tarde os lo explicaré todo; ahora se trata de actuar si queremos escapamos.
—¿Huiremos, Córdoba?
—Inmediatamente, doña Dolores. Si los rebeldes se dan cuenta, estamos todos perdidos. ¡Ohé, muchachos!, encargaos de los centinelas.