La capitana del Yucatan

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—Estamos dispuestos, teniente —respondieron los dos marineros, que habían amordazado y atado apretadamente al jefe de los insurrectos.

—Llevad a este hombre a la estancia contigua, sobre mi cama —dijo la marquesa.

Los marineros se apresuraron a obedecer.

—¿Dónde están los prisioneros? —preguntó Córdoba a la marquesa.

—En el piso bajo.

—Quedaos aquí con Quiroga y vigilad atentamente al querido señor del Monte. El pobre hombre me parece que tiene necesidad de que le animen. Eh, amigo, tenéis cara de funeral.

El cubano parecía verdaderamente aterrorizado, temiendo quizá por su propia piel. Miraba a la marquesa con ojos llenos de espanto y a los marineros que habían reducido tan violentamente, con sólo dos puñetazos, al jefe de los insurrectos de San Felipe.

La marquesa, adivinando quizá lo que pasaba por la cabeza del traidor, le dijo:

—Tranquilizaos; nada habéis de temer… por ahora.

—Doña Dolores —preguntó Córdoba—. ¿Es resistente la puerta de los prisioneros?

—¡Bah! —respondió ella—. Bastará un empellón de nuestros hombres.

—Quiroga, os recomiendo a del Monte.


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