La capitana del Yucatan

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El español sacó del bolsillo un revólver y se sentó frente al traidor, que no parecía todavía tranquilizado.

—Vamos, mis valientes —dijo Córdoba—. Dos nuevos puñetazos a los centinelas.

—No temáis —respondieron los marineros.

Descendieron los tres la escalera y llegados al piso bajo que no estaba iluminado, se detuvieron mirando a través de la puerta.

Los dos centinelas, dos mestizos, se hallaban sentados en un banco y charlaban tranquilamente, fumando cigarrillos. No se debían haber dado cuenta de nada, ya que sus fusiles estaban apoyados en el tronco de un árbol.

—Listos —murmuró Córdoba.

Los marineros se acercaron a Ja puerta, sin que los dos mestizos les hubieran oído aproximarse.

—¿Preparado, Miguel? —preguntó uno de ellos con hilo de voz.

—Preparado —respondió su compañero.

—Para mí el de la derecha; tú te ocupas del otro.

De un salto se colocaron junto a los dos mestizos; dos puñetazos formidables cayeron, con sordo rumor, sobre la cabeza de los pobres diablos, que se desplomaron el uno sobre el otro sin soltar ni un suspiro.


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