La capitana del Yucatan

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Los marineros los sujetaron rápidamente, se apoderaron de los fusiles y volvieron al corredor, mientras Córdoba se apresuraba a atrancar la puerta.

—Espero que no los habréis matado —dijo.

—No creo —respondió Miguel.

—Amordazadlos.

Arrancaron una cortina que colgaba de una ventana, que iluminaba la escalera, la hicieron pedazos y amordazaron y ataron cuidadosamente a los dos desgraciados, llevándolos después al dormitorio de la marquesa para que hicieran compañía al señor Guaymo.

—A los prisioneros, ahora —dijo Córdoba, cuando estuvieron de vuelta—. Es preciso derribar esta puerta.

—Dejádmela a mí —respondió Miguel.

Apoyó un hombro contra la puerta, arqueó su poderosa espalda y poniendo un pie sobre el muro que tenía detrás, dio una sacudida irresistible.

La madera crujió bajo el esfuerzo, los viejos goznes se doblaron y luego saltaron de golpe junto con la cerradura.

Oyendo el estruendo de la fractura, el capitán Carrill y los cuatro marineros del «Yucatán» que habían sido hechos prisioneros con la marquesa, acudieron con una linterna.

Un grito de asombro salió de los labios de los marineros:


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