La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —¡El señor Córdoba!
—¡Caray!
—¡Los camaradas!
—¡Mil lobos marinos!
—Silencio —dijo Córdoba—. Si queréis lograr la libertad seguidnos sin chistar.
—¿Pero, quién sois vos, señor, que venÃs a salvarnos? —preguntó el capitán Carrill.
—El segundo comandante del «Yucatán» —respondió Córdoba—. ¡Venid rápido, capitán!
—¿Y la marquesa?
—Nos espera.
Subieron rápidamente al piso superior. Córdoba, sin perder tiempo en dar explicaciones, abrió una ventana y midió la altura que la separaba del suelo.
—Cuatro metros —dijo—. El descenso no será difÃcil.
—¿Huiremos por la ventana? —preguntó la marquesa.
—SÃ, pues asà estaremos fuera de la cerca.
—Pero aquà no hay cuerdas, Córdoba.
—Las tenemos, doña Dolores.
Después, volviéndose hacia los marineros:
—Arrancad las cortinas y enrolladlas apretadamente; nos servirán para bajar.