La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan En un abrir y cerrar de ojos las cuatro cortinas de las dos ventanas fueron desprendidas, atadas dos a dos y bien retorcidas.
—Tú primero, Miguel, que tienes un fusil —dijo Córdoba—. Mira si hay centinelas.
El marinero cabalgó el alféizar, se agarró a aquella especie de soga y se dejó deslizar hasta tierra.
Llegado abajo, armó el fusil cogido a uno de los mestizos y se alejó algunos pasos siguiendo la empalizada exterior del pequeño campamento atrincherado. No descubriendo ningún centinela se apresuró a volver bajo la ventana.
—¿Nadie? —preguntó Córdoba.
—Nadie teniente; podéis bajar.
—Adelante los marineros.
Los cinco camaradas de Miguel descendieron uno tras otro, luego bajó doña Dolores, después el cubano, el español y finalmente Córdoba y el capitán Carrill.
—Tres marineros delante; los otros en la retaguardia —ordenó Córdoba.
El pelotón se puso inmediatamente en marcha, alejándose rápidamente del pequeño campamento atrincherado por temor de encontrarse algún centinela.