La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Antes de una hora es preciso llegar a la ballenera o corremos el peligro de ser descubiertos —decÃa—. Rápido, doña Dolores; apresuraos.
—¿Estamos todavÃa lejos? —preguntó la marquesa, que seguÃa a sus compañeros con dificultad.
—No, dentro de poco llegaremos a la playa.
—¿Y el «Yucatán» dónde lo encontraremos?
—En un escondite seguro, una magnÃfica caverna marina que seguramente nadie conoce. Oigo el murmullo del mar; pronto lo alcanzaremos.
Ya no debÃan estar muy lejos de la plantación de caña de azúcar donde se habÃan encontrado con el mulato. Córdoba, temiendo que algún negro estuviera emboscado por allÃ, quiso evitarla dirigiéndose hacia la costa.
Sin embargo la orilla era muy alta, cortada a pico sobre el mar y bastante incómoda a causa de ciertos corrimientos y hendiduras que causaban con frecuencia imprevistas caÃdas. Más de un marinero de la vanguardia habÃa corrido el peligro de precipitarse en el mar.
—Poco a poco —dijo Córdoba—. Mirad dónde ponéis los pies.
HabÃa apenas hecho esta advertencia, cuando oyó tras de sà un grito agudo y después un golpe sordo.
—¡Rayos! —gritó, palideciendo—. ¿Quién ha caÃdo?
—¡El señor del Monte! —dijo un marinero.