La capitana del Yucatan

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—¡Que el diablo lo lleve! No tenía ojos el muy estúpido.

—Córdoba, no podemos abandonarle —dijo la marquesa—. Quizá el pobre diablo se ha roto las piernas.

—Sería mejor que se ahogase —gruñó el lobo de mar—. Me ahorraría la molestia de ahorcarlo más tarde. Que alguno baje a ver si se puede volver a pescar ese tiburón de agua dulce.

Quiroga y dos marineros, un poco a regañadientes, se pusieron a buscar un camino que les permitiera llegar a la playa, y después de haber corrido veinte veces el peligro de caer rodando hasta las olas, lograron llegar al mar.

No viendo nada, se pusieron a llamar al cubano en voz baja sin obtener ninguna respuesta.

Seguramente el pobre diablo se había destrozado contra alguna roca y después había sido engullido por las aguas.

—Estamos perdiendo un tiempo precioso —dijo el español—. Por otro lado, aquel bribón ha tenido lo que merecía.

Registraron la playa en un trozo de cien metros y no encontrando nada, tomaron la decisión de volver a subir a la orilla, convencidos ya de que el traidor se había descalabrado.

—¿Nada? —preguntó la marquesa.


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