La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —No hemos oÃdo nada, señora —dijo el español—. Debe haberse destrozado.
—Buen cebo para los tiburones —exclamó Córdoba.
Esta fue la oración fúnebre del traidor.
El pelotón se habÃa puesto de nuevo en marcha, siguiendo la costa que limitaba la plantación de caña de azúcar del mulato. Córdoba se habÃa vuelto prudente y avanzaban con toda lentitud, parándose de vez en cuando para escuchar.
Córdoba temÃa continuamente la aparición del propietario y de su banda. Ya, hacia el centro de la plantación, habÃa oÃdo el ladrido de algunos perros usados probablemente para guardar la factorÃa. Y esta primera alarma le tenÃa inquieto.
—Tened las armas a punto —dijo, volviéndose hada sus compañeros—. Por instinto temo alguna sorpresa.
—Combatiremos —repuso el capitán—. Dadme un revólver o un simple cuchillo, pues estoy desarmado.
—Tened el mÃo, capitán. A mà me bastará el espadÃn de teniente de la marina americana.
—¿Dónde está la ballenera? —preguntó la marquesa.
—No estamos alejados más de trescientos pasos.
—Démonos prisa, Córdoba. Estoy ansiosa de volver a ver mi «Yucatán».