La capitana del Yucatan

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—Un poco de paciencia todavía y llegaremos a la caverna. Eh, Quiroga, ¿veis algo?

—No, señor Córdoba. Los negros del mulato deben dormir como lirones.

En aquel momento, en medio de la plantación se oyó a los perros de la factoría ladrar con furor y además voces humanas.

—¡Nada de lirones! —exclamó Córdoba—. ¡Están despiertos como cocodrilos, esos granujas! A la carrera, amigos, o pronto los tendremos encima. Doña Dolores, ¿queréis que os haga llevar en brazos? Miguel es fuerte cómo un toro.

—¡No lo necesito! ¡Adelante, amigos! —respondió la marquesa.

El grupo continuó rápidamente, siguiendo la alta playa. En medio de la plantación se oían los ladridos cada vez más furiosos de los perros y las voces de los negros. Parecía que los hombres del mulato se preparasen para desplegarse por el campo, temiendo un desembarco de españoles.

Afortunadamente, la distancia que separaba a los fugitivos de la chalupa era ya cortísima. Córdoba, que había reconocido la costa, atravesó corriendo el ultimo trozo de la plantación que formaba un ángulo agudo y descendió por la ladera opuesta.


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