La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Mientras el bombardeo empeoraba, malas noticias llegaban de Aguadores y de Daiquiri. Nueve barcos separados de las escuadras, habían aparecido inesperadamente junto a la punta Cabrera para intentar un desembarco y juntarse con las bandas rebeldes del cabecilla García, descendidas de las montañas. El general Linares y el coronel Aldea, llegados de Aguadores habían ya empeñado un sangriento combate, oponiendo sus fusiles Máuser de pequeño calibre, llevados por los soldados de infantería, a los enormes proyectiles de los acorazados y a las ametralladoras Maxim de las chalupas de desembarco.
Se decía que ya tres mil americanos habían logrado tomar tierra para unirse a los insurgentes y atacar Santiago por la espalda.
Mientras estas poco agradables noticias, que hacían sangrar el corazón de la marquesa y enfurecer al buen Córdoba, llegaban al palacio del estado mayor, el bombardeo de la plaza continuaba con un crescendo espantoso.
Las escuadras enemigas, llegadas hasta setecientos metros del canal, batían ahora incluso la superficie de la bahía interior. Algunas granadas había caído sobre el muelle de Santiago, varias junto a los cruceros españoles, y una, lanzada quizá por los poderosos cañones del «Iowa», había ido a estallar sobre el embarcadero del Cobre, a cincuenta metros del «Yucatán».