La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Destrozar aquel maldito farol. En media hora estaremos fuera de su vista.
—Sà —murmuró la marquesa, como hablando para sà misma.
—¡Ah…! ¡Doña Dolores!
El grito habÃa sido provocado por un fulgor que habÃa centelleado en la dirección del buque de guerra. Siguió un instante de silencio, después, una fuerte detonación retumbó sobre el mar.
—Una pieza de diez centÃmetros —dijo Córdoba—. Conozco estos monstruos de acero.
—¿Ha disparado con pólvora sola?
—SÃ, doña Dolores. Nos invita a pararnos.
—¡Maquinista, fuerza las máquinas! —gritó en cambio la marquesa.
El yate salió entonces del chorro de luz del proyector y brincaba sobre el agua como si quisiera elevarse. La máquina funcionaba furiosamente, precipitadamente y los ejes motores imprimÃan tales sacudidas, que hacÃan temblar el casco de popa a proa, mientras el vapor, aprisionado entre las paredes del hierro, mugÃa sordamente.
Un bramido sonoro hacÃa vibrar el puente, mientras las aguas cortadas impetuosamente, corrÃan por la cubierta saltando sobre el coronamiento de proa.