La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan El yate huía a la velocidad de veinticuatro nudos y ocho décimas, zambulléndose de nuevo en la niebla que gravitaba sobre el agua.
De repente, un segundo relámpago se vio brillar sobre la nave americana y un instante después un agudo silbido atravesaba los estratos de la atmósfera, pasando sobre las cabezas de los tripulantes y perdiéndose en lontananza.
A lo lejos se oyó una detonación más formidable que la primera, que se propagó hacia el norte retumbando siniestramente.
—Obús de veinte centímetros —dijo Córdoba, mirando a doña Dolores.
—¡Colón! —gritó la marquesa, que había escuchado el silbido anunciador de un proyectil de grandes dimensiones, sin que temblara ni un músculo de su rostro.
—¿Señora? —preguntó el maestro.
—¡Cien pesos si rompes el farol!
—Sólo un instante, mi capitana.
El maestro se inclinó sobre el cañón, corrigió ligeramente su elevación, observó atentamente la posición de la nave y tiró violentamente del disparador.
La potente pieza de quince centímetros, colocada sobre la torreta de proa, se inflamó con un estruendo ensordecedor, haciendo temblar todo el barco.