La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Los escuadrones pasaron como un huracán frente a la espesura ocupada por los marineros del «Yucatán», recibiendo de lleno las descargas de fusilería e intentaron, con un esfuerzo desesperado, meterse en el bosque para desalojar a los españoles.
Vano intento. Las descargas de fusilería se repiten con mayor furia, cada vez más mortíferas.
Los españoles no retroceden un solo paso y no abandonan sus matorrales. Disparan a quemarropa contra caballos y caballistas, decididos a exterminar a unos y otros si no retroceden.
Era demasiado para los rough-riders. El teniente coronel Roosevelt, tocado por una bala rebotada contra un árbol, había caído gravemente herido en los ojos y en las orejas por las heridas de plomo; el capitán Luna estaba liquidado, el capitán Mac-Glintok herido en una pierna y el mayor Crosbice tenía un brazo roto.
A un lado y otro un buen número de caballos y de soldados yacían sin vida entre las ramas y las raíces.
Un último esfuerzo y la derrota de los rough-riders sería completa.
La marquesa se había abalanzado valientemente hacia adelante, gritando:
—¡A la bayoneta, mis valientes!