La capitana del Yucatan

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El general Rubio, apenas tuvo noticia de los movimientos de los americanos como prudente caudillo, envió numerosos exploradores en todas direcciones para conocer el número de sus adversarios, disponiendo después a sus bravos cazadores, que debían más tarde cubrirse de gloria, tras las trincheras.

La marquesa, con Córdoba y sus marineros y media compañía de cazadores ocupaba firmemente una estacada, defendida por un profundo foso.

A las diez de la mañana, el general Rubio, sabía ya con qué formidable enemigo tenía que habérselas. Las fuerzas americanas estaban compuestas por una división, manda da por el brigadier general Lawton, y por la brigada mandada por el general Baters, además de algunos escuadrones de caballería ligera.

Era demasiado para las cuatro compañías que defendían El Caney, a pesar de que los españoles se habían preparado animosamente para la lucha, aunque no ignorasen la suerte que les esperaba, siendo absolutamente imposible sostener el choque contra tantas columnas.

—Doña Dolores —dijo Córdoba…, aquí se trata no de vencer sino de morir. Es imposible resistir a tantos yanquis.

—Está bien, mi valiente Córdoba, moriremos —respondió la intrépida mujer—, moriremos con el grito en los labios de: «¡Viva la patria!».


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